El “súper peso”: ni milagro mexicano ni músculo económico
Durante los últimos años, el gobierno y sus propagandistas convirtieron la cotización del peso en una medalla económica: si el dólar bajaba, decían, era porque México estaba más fuerte que nunca. El argumento volvió a cobrar fuerza ahora que el tipo de cambio FIX pasó de 18.00 pesos por dólar al cierre de 2025 a 16.87 pesos el 4 de septiembre de 2026, una apreciación cercana al 6.3 por ciento. Pero bautizar ese movimiento como “súper peso” resulta engañoso: una moneda puede ganar valor frente al dólar sin que detrás exista un crecimiento vigoroso, mayor productividad o una transformación profunda de la economía.
Una parte de la explicación está fuera de México. El billete verde perdió fuerza desde los máximos alcanzados en 2022 y sufrió una caída importante durante 2025, afectado por las dudas sobre la política fiscal estadounidense, el enorme endeudamiento de aquel país y las expectativas cambiantes sobre las tasas de la Reserva Federal. El índice amplio de la divisa estadounidense se ubicó al cierre de agosto de 2026 en 118.75 puntos, lejos de sus niveles más elevados, mientras otros indicadores muestran que el dólar continúa aproximadamente 9 por ciento por debajo de su récord de 2022. Dicho claramente: en diversos episodios no ha subido el peso por méritos propios; ha bajado el dólar por problemas ajenos.
Sin embargo, tampoco sería exacto atribuir toda la apreciación a la debilidad estadounidense. Durante 2026 el peso también ganó terreno frente al euro, la libra, el yen y el yuan. De acuerdo con las cotizaciones de Banco de México, entre el cierre de 2025 y el 4 de septiembre de 2026, el euro bajó de 21.15 a 19.61 pesos; la libra, de 24.22 a 22.84; y el yuan, de 2.58 a 2.52 pesos. Existe, por tanto, una fortaleza relativa de nuestra moneda, pero ésta responde en buena medida al atractivo financiero de México: una tasa de referencia de 6.50 por ciento, todavía elevada frente a otras economías, favorece el llamado carry trade, es decir, la entrada de capital especulativo que busca obtener rendimientos altos, no necesariamente construir fábricas o generar empleos permanentes.
Ahí se desmorona el mito. Un verdadero “súper peso” tendría que estar respaldado por una economía igualmente poderosa: crecimiento sostenido, productividad ascendente, inversión suficiente, empleos formales y mayor competitividad. México, en cambio, mantiene una alta informalidad laboral, bajo crecimiento potencial, dependencia de las exportaciones hacia Estados Unidos y una enorme entrada de remesas que ayuda a sostener el consumo y la oferta de dólares. Tenemos una moneda atractiva para los inversionistas financieros, pero no necesariamente una economía fortalecida en la misma proporción. Además, un peso demasiado apreciado abarata las importaciones, pero reduce el valor en pesos de las remesas y resta ingresos a exportadores y prestadores de servicios turísticos.
Por eso, el “súper peso” es más una eficaz construcción política que una descripción completa de la realidad. El peso sí se ha apreciado y sería absurdo negarlo, pero no se trata de un milagro producido exclusivamente por el buen manejo gubernamental: intervienen la debilidad internacional del dólar, las altas tasas mexicanas, las remesas, las exportaciones y los movimientos especulativos. La cotización puede presumirse en una conferencia de prensa; lo que no puede ocultar son las debilidades estructurales del país. Una moneda fuerte no convierte automáticamente en fuerte a una economía y, mucho menos, al bolsillo de millones de mexicanos.
