EL ETERNO CHISME MORELENSE: ENTRE VACACIONES Y CANIBALISMO POLÍTICO
ANÁLISIS
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 23 de junio de 2026
En Morelos, como en pocos lugares, la política se vive con la intensidad de un drama de telenovela y la velocidad de un rumor de mercado. Esta vez le tocó a Javier García Chávez, jefe de la Oficina de la Gubernatura y uno de los hombres más influyentes del actual gobierno estatal. Su ausencia temporal desató una tormenta de especulaciones: desde supuestas fugas de la justicia hasta graves enfermedades, pasando por todo tipo de conjeturas malintencionadas relacionadas con el Operativo Enjambre. Nada de eso resultó cierto.
Hace unas semanas comenzó a notarse su inasistencia, pero nunca hubo indicios reales de escándalo. Lo que menos se dijo públicamente, aunque se murmuraba en los pasillos, era que simplemente estaba disfrutando de un merecido periodo de vacaciones. La gobernadora Margarita González Saravia lo confirmó recientemente con un mensaje claro y una fotografía que sella la narrativa oficial: García Chávez se reincorpora a sus actividades institucionales tras su receso. La imagen de la mandataria junto a su estrecho colaborador no solo desmiente los rumores, sino que refuerza la solidez del equipo cercano a la gobernadora.
García Chávez, reconocido como segundo de a bordo con mayor peso específico que algunos secretarios de Estado, genera admiración en unos y, sobre todo, envidias profundas en otros. En la política morelense, el poder real suele despertar más detractores que aliados sinceros.
Este episodio vuelve a poner sobre la mesa una realidad que han señalado figuras históricas del estado. El doctor Lauro Ortega Martínez, gobernador de Morelos entre 1982 y 1988, lo resumía con sabiduría popular: “En Morelos hay mucho chisme, abundan los chismosos”. Una frase que sigue vigente décadas después, como si el tiempo no pasara para los hábitos locales.
Años antes, durante la transición política de 1976, el entonces candidato presidencial José López Portillo había percibido lo mismo al llegar al estado: “Encuentro un Morelos muy dividido”. Dos diagnósticos distintos, misma conclusión: una entidad donde las divisiones, los personalismos y las luchas internas parecen formar parte del ADN político.
Quien esto escribe ha complementado esas observaciones con una idea que, aunque dura, refleja una dinámica recurrente: en Morelos se practica con frecuencia el “canibalismo” político. Un morelense, muchas veces, no tolera el éxito de otro morelense. El que asciende, el que concentra influencia o el que demuestra capacidad, se convierte automáticamente en blanco de operaciones de desgaste. Poco importa si los ataques se basan en hechos o en puras invenciones; el objetivo es derribar, erosionar, neutralizar.
Javier García Chávez no es el primero ni será el último en enfrentar esta dinámica. Gobernadores, alcaldes, legisladores y operadores han pasado por el mismo ciclo: rumor, ataque, claroscuro y, en el mejor de los casos, desmentido. Mientras tanto, los problemas reales de la entidad —seguridad, agua, salud, desarrollo— quedan a veces opacados por este ruido permanente.
La gobernadora Margarita González Saravia ha demostrado, en este y otros casos, una habilidad notable para capotear temporales mediáticos y políticos. Capotear no significa ignorar, sino mantener el rumbo sin dejarse arrastrar por la espuma del chisme. En un estado donde la información veraz compite desventajosamente contra la narrativa tóxica, esa capacidad resulta estratégica.
Al final, el regreso de García Chávez a sus funciones no solo cierra un capítulo de rumores infundados. También recuerda una verdad incómoda: en Morelos, el mayor obstáculo para muchos proyectos no siempre son las condiciones externas, sino la incapacidad interna de celebrar y acompañar el talento propio. Mientras el chisme siga siendo deporte local, el estado seguirá divididо entre quienes construyen y quienes solo observan para criticar.
Ojalá algún día el doctor Ortega y López Portillo pudieran revivir y revisitar Morelos notando un cambio. Por ahora, la fotografía de la gobernadora y su jefe de oficina es un recordatorio pequeño pero elocuente: el trabajo continúa, más allá del ruido.
