LA JUSTICIA QUE LLEGA TARDE Y SOLO CUANDO GRITA LA SOCIEDAD
LA CRÓNICA DE MORELOS
Viernes 7 de agosto de 2026
E D I T O R I A L
El anuncio (este miércoles) sobre la detención de Jorge Francisco Rabadán Torres, presunto agresor de Paula Fajardo, por la Fiscalía General del Estado de Morelos —con apoyo de autoridades federales y en territorio de Guerrero— debería ser motivo de alivio. Después de más de una década de violencia intrafamiliar documentada, denuncias ignoradas, amparos dilatorios y un largo periodo de evasión, el acusado enfrenta por fin un proceso por tentativa de feminicidio.
Sin embargo, este desenlace no puede celebrarse como un triunfo del sistema, sino como una victoria a medias de la presión ciudadana. Paula tuvo que exhibir videos y audios de las agresiones, incluso en presencia de sus hijos y durante el embarazo, para que las instituciones reaccionaran con la debida diligencia.
El paralelismo con el caso del exdirector de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, resulta inquietante y revelador. En ambos, las denuncias formales no bastaron; fue necesario que las víctimas o sus entornos viralizaran las evidencias en redes sociales y medios de comunicación para forzar la atención de las autoridades.
Cuando la violencia ocurre detrás de puertas cerradas y no genera escándalo mediático, el aparato de justicia parece operar a media máquina. Solo cuando el clamor público se vuelve ineludible, se activan operativos coordinados, se superan amparos y se localiza al agresor.
Esto no es eficiencia institucional: es reacción a la vergüenza colectiva.
Esta dinámica expone una falla estructural profunda. Las mujeres víctimas de violencia familiar no deberían necesitar convertirse en tendencias de Twitter, TikTok o portadas de noticiarios para que se cumplan las órdenes de aprehensión y se les brinde protección real. Cada día de demora multiplica el riesgo de feminicidio y normaliza la impunidad.
Los recursos legales que protegen a los acusados —amparos, cambios de domicilio, dilaciones procesales— suelen avanzar con mayor agilidad que las medidas cautelares o las investigaciones a favor de las víctimas. El mensaje implícito es desalentador: sin ruido mediático, la justicia se ralentiza o se estanca.
Es urgente que las autoridades de Morelos y del país entiendan que la detención de un agresor no cierra el capítulo. Debe seguir un proceso transparente, sin privilegios, que garantice la seguridad de Paula y de sus hijos, y que sirva de precedente.
Más importante aún: el sistema debe cambiar para que ninguna mujer tenga que gritar en las redes lo que las instituciones debieron escuchar en silencio desde la primera denuncia. La verdadera justicia no depende del algoritmo ni del trending topic; se construye cuando las instituciones actúan de oficio, con celeridad y sin necesidad de que la sociedad las obligue a cumplir su deber.
