EL FIN DEL COMERCIO LOCAL: CUANDO LAS CADENAS BORRAN EL MAPA ECONÓMICO DE CUERNAVACA Y MORELOS
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 23 de junio de 2026
En los años noventa, la construcción de Plaza Cuernavaca generó controversia. Grupos ambientalistas locales intentaron frenar un proyecto que, según ellos, alteraría el tejido urbano y natural de la capital morelense. Con el tiempo, esa plaza se convirtió en un símbolo no solo de modernización comercial, sino del viraje profundo que ha sufrido la economía local: la sustitución gradual, casi silenciosa, del pequeño y mediano comercio por grandes cadenas nacionales e internacionales.
Poco se habla de este desplazamiento, pero sus consecuencias calan hondo en la vida cotidiana de colonias, barrios y municipios. El mercado Adolfo López Mateos, uno de los corazones tradicionales de Cuernavaca, vio cómo a su alrededor surgían gigantes como Costco y Mega Comercial Mexicana. Los tendajones de la esquina, las pequeñas tiendas de abarrotes que surtían a las familias con crédito informal y confianza vecinal, las modestas farmacias de barrio, fueron perdiendo terreno ante consorcios como Farmacias del Ahorro, Similares, y luego las omnipresentes Oxxo, Seven Eleven o Tres B.
Hoy nos enteramos de la llegada de otra Soriana, que ocupa espacios donde antes operaba Comercial Mexicana. El ciclo se repite. La nueva tiendota de autoservicio se construye a gran velocidad en la avenida Domingo Díez, donde antes se instalaban los circos y frente a otro súper negocio de la cadena Walmart.
Este no es un simple cambio de formatos. Es una transformación estructural de la economía. El pequeño comercio genera multiplicidad de ingresos directos e indirectos que se quedan en la comunidad: el dinero circula varias veces entre vecinos, se reinvierte localmente y sostiene familias enteras. Las grandes cadenas, en cambio, optimizan costos, centralizan compras y, con frecuencia, concentran sus declaraciones fiscales en Ciudad de México. Aunque generan empleos formales —necesarios en una entidad donde los servicios dominan—, estos puestos suelen ser precarios, con alta rotación y menor impacto multiplicador en la economía morelense.
El resultado visible es el empobrecimiento relativo de las colonias. Calles que antes tenían vida comercial propia —con sus abarrotes, carnicerías, tortillerías y farmacias independientes— ahora muestran fachadas cerradas o convertidas en franquicias idénticas. Se pierde diversidad, se homogeneiza la oferta y se debilita el tejido social. El tendero de la esquina conocía a sus clientes, ajustaba precios en tiempos difíciles y formaba parte del capital social del barrio. La cadena no negocia ni se involucra; solo transacciona.
Este fenómeno no es exclusivo de Cuernavaca. Se repite en Jiutepec, Temixco, Cuautla y otros municipios. Morelos, con su vocación de servicios y turismo de fin de semana, se ha vuelto atractivo para las grandes superficies, pero poco se ha hecho por proteger o modernizar al comercio local. Programas de dignificación de mercados o bazares de emprendedores son esfuerzos loables, pero insuficientes frente a la escala de inversión de las corporaciones.
No se trata de demonizar las cadenas. Ofrecen conveniencia, precios competitivos y cierta formalidad. El problema radica en la ausencia de un equilibrio inteligente: reglas claras de competencia, incentivos fiscales reales para que las grandes tiendas contribuyan proporcionalmente al desarrollo local, apoyo técnico y financiero al pequeño comercio para que se digitalice, se asocie o se especialice, y una planeación urbana que no sacrifique el alma comercial de los barrios en aras de “proyectos ancla”.
El sistema comercial estrictamente local está siendo borrado del mapa. Lo que queda es un paisaje de logotipos repetidos, donde el dinero sale con más facilidad de lo que entra y donde la independencia económica de miles de familias morelenses se ha vuelto más frágil.
Es hora de poner este tema en la agenda pública con seriedad. Porque una ciudad sin comercios propios no solo pierde empleos y recaudación: pierde identidad, resiliencia y esa red invisible que sostiene a las comunidades en tiempos difíciles. Cuernavaca y Morelos merecen un desarrollo que no sea sinónimo de sustitución, sino de convivencia y fortalecimiento mutuo. El mercado Adolfo López Mateos y los tendajones que aún resisten son recordatorios vivos de lo que estamos en riesgo de perder.
