FE EN MEDIO DE LAS RUINAS: LA MISA QUE RECONSTRUYE EL ALMA DE LAS GRANJAS
LA CRÓNICA DE MORELOS
Lunes 10 de agosto de 2026
E D I T O R I A L
El vicario de la Diócesis de Cuernavaca, Tomás Toral Nájera, ofició este domingo una misa en el mismo sitio donde días antes una deflagración de gas LP destrozó viviendas, calcinó vehículos y envió a más de una veintena de vecinos al hospital. No fue un acto aislado ni un gesto protocolario: fue la decisión deliberada de llevar la liturgia al corazón de la devastación.
En un espacio aún marcado por escombros, olores a quemado y el silencio de las casas inhabitables, la Eucaristía se convierte en un ancla simbólica. Allí donde la violencia accidental del combustible destruyó lo material, la fe reclama el derecho a habitar de nuevo el lugar, no para negar el dolor, sino para nombrarlo y transformarlo.
Este gesto puede interpretarse, en primer lugar, como un acto de solidaridad pastoral radical. La Iglesia no se limita a rezar desde la seguridad de un templo; desciende a la calle afectada, se pone al lado de las familias que aún esperan noticias de sus heridos y de quienes perdieron el techo. Al invitar a “pedir por las personas que se encuentran hospitalizadas”, el vicario convierte la oración colectiva en un tejido comunitario que une a creyentes y no creyentes en un mismo clamor. En una sociedad donde las tragedias suelen diluirse entre trámites burocráticos y promesas empresariales, la misa recuerda que el sufrimiento no es un asunto privado ni administrativo: es un llamado a la compasión activa.
Más allá de lo espiritual, el rito oficiado sobre el suelo devastado funciona como un poderoso contrapunto a la impotencia. La explosión —producto de una fuga que las autoridades aún investigan— dejó una herida abierta en la colonia Las Granjas. Frente a la incertidumbre sobre responsabilidades, reparaciones y futuros seguros, la liturgia ofrece un lenguaje que trasciende la rabia o la resignación. Consagra el espacio, lo “resacraliza” temporalmente, y permite a los vecinos mirar el mismo lugar no solo como escenario de pérdida, sino como terreno donde aún es posible la esperanza. Es una forma de resistencia simbólica: el fuego del Espíritu se opone al fuego del gas, y la comunión se opone a la fragmentación.
Finalmente, este acto religioso invita a una lectura más amplia sobre el papel de la fe en las crisis contemporáneas. No sustituye la justicia ni la exigencia de que la empresa responsable asuma los daños; tampoco pretende resolver con oraciones lo que corresponde a peritos, fiscales y autoridades. Pero sí recuerda que la reconstrucción de una comunidad no se agota en ladrillos y compensaciones económicas. Necesita también rituales que sanen la memoria colectiva, que den voz al duelo y que proyecten un horizonte de sentido.
En Las Granjas, la misa del vicario Toral Nájera no borra las cicatrices: las ilumina con una luz distinta, la de una fe que se atreve a celebrar precisamente donde más duele.
