LA CORNISA DE LA DESESPERACIÓN: CUANDO LA NEGLIGENCIA OBLIGA A EXTREMOS
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 30 de junio de 2026
Hace muchos años, cuando conducía Línea Caliente en Mundo 96.5, Beatriz Maldonado Fragoso —Bety para quienes la conocemos— era una voz recurrente y temida por más de un funcionario municipal de Cuernavaca. Con discapacidad visual, pero con una claridad y valentía que pocos tienen, no llamaba para quejarse sin más: señalaba deficiencias, exigía cuentas y, sobre todo, proponía soluciones. No se intimidaba.
Su aguerrida defensa de las personas con capacidades diferentes siempre estuvo acompañada de argumentos sólidos y una persistencia que, en más de una ocasión, obligó a las autoridades a moverse. Ayer, Bety volvió a demostrar esa misma entereza, pero en un nivel que estremece. Se sentó en la cornisa del primer piso de Palacio de Gobierno, amenazando con arrojarse al vacío, para ser escuchada por la gobernadora Margarita González Saravia. No era un capricho ni una ocurrencia. Llevaba días, tal vez semanas, solicitando atención de los directivos de Movilidad y Transporte ante la entrada en vigor, este 1 de julio, de las nuevas tarifas del transporte público. Buscaba beneficios concretos y justos para las personas con discapacidad, un sector que enfrenta barreras diarias que van más allá de la movilidad física o sensorial.
La gobernadora finalmente intervino, la convenció de bajar y atendió el asunto. Celebramos que no haya ocurrido una tragedia. Pero el fondo del problema es inquietante: ¿por qué una ciudadana comprometida, conocida y respetada por su lucha, tuvo que llegar a ese extremo para ser escuchada?
Esto me recuerda una historia terrible de los años setenta, durante el gobierno de Felipe Rivera Crespo. Un proveedor del Estado, cansado de esperar el pago de lo que se le debía, llegó a la Tesorería, se plantó frente al titular, sacó una pistola, se la puso en la sien y amenazó con quitarse la vida si no le pagaban en ese momento. Le pagaron. La desesperación extrema nace casi siempre de la negligencia prolongada de quienes deben servir al público.
En ambos casos, el origen es el mismo: funcionarios que no responden, que dilatan, que no atienden. Funcionarios que, parafraseando el Principio de Peter, han sido ascendidos hasta su nivel de incompetencia. Como explicaba Laurence J. Peter en su libro de 1969, en las jerarquías modernas los empleados competentes son promovidos una y otra vez hasta llegar a un puesto donde ya no son eficaces, porque las habilidades que los llevaron hasta ahí no son las requeridas para el nuevo rol. El resultado: puestos clave ocupados por personas que no resuelven, que no escuchan, que obligan a la ciudadanía a medidas desesperadas para que el sistema funcione mínimamente.
Bety no buscaba protagonismo. Buscaba justicia para un grupo vulnerable en medio de un aumento tarifario que impacta la economía de muchas familias morelenses. Su acción, aunque riesgosa, pone en evidencia fallas estructurales: la burocracia que solo reacciona ante el escándalo, la sordera selectiva de algunas oficinas y la necesidad de que los canales de diálogo funcionen antes de que alguien tenga que jugarse la vida.
Es hora de que las instituciones aprendan. No se puede gobernar esperando a que la presión mediática o el drama humano obligue a actuar. Las personas con discapacidad no merecen tener que escalar una cornisa para ser consideradas. Bety Maldonado Fragoso, con su valentía de siempre, nos lo recordó una vez más. Aplaudo su coraje. Y exijo, como ella, que las respuestas lleguen por la vía institucional, no por la cornisa de la desesperación.
