LA RECTORÍA MENDIGA MIENTRAS LOS CACIQUES UNIVERSITARIOS BANQUETEAN

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 23 de junio de 2026
Este lunes 22 de junio, la rectora Viridiana Aydeé León Hernández volvió a declarar lo previsible: la UAEM arrastra un déficit histórico cercano a los 300 millones de pesos para cerrar el año, el presupuesto crece por debajo de la inflación y el 95 por ciento de los recursos se destina a salarios.
Otra vez el mismo libreto: manos extendidas hacia el gobierno estatal y federal, súplicas por recursos extraordinarios y el “semestre que se cierra en tiempo y forma” como único consuelo.
Es patético el espectáculo de una institución pública convertida en pedigüeña crónica. En lugar de un plan audaz de supervivencia financiera, lo que ofrece la Rectoría es la eterna dependencia de subsidios externos. ¿Dónde está la imaginación, la creatividad administrativa y la voluntad real de reestructurar una casa de estudios que lleva años al borde del colapso? Aparentemente, brillan por su ausencia.
Mientras tanto, en el corazón de la “comunidad universitaria” prosperan los cacicazgos de siempre. El caso más notorio es el del SITAUAEM, comandado por Mario Cortés Montes, un líder eterno que convirtió el sindicato en feudo personal. Sus allegados y protegidos viven a todo lujo (“a todas M”), mientras la institución pide limosna para pagar aguinaldos y obligaciones básicas. Es el clásico esquema mexicano: unos cuantos intocables con privilegios blindados y la masa asalariada como rehén de la crisis recurrente.
No es paranoia sospechar que detrás de esta opacidad existe una nómina secreta o paralela, al estilo de lo que se le atribuyó al exrector Alejandro Vera Jiménez. Favores políticos, plazas infladas, prestaciones extraordinarias y compromisos clientelares que se pagan mes con mes con recursos que deberían destinarse a laboratorios, bibliotecas, investigación o mantenimiento. La nómina devora casi todo el presupuesto, pero nunca alcanza. Qué casualidad.
La autonomía universitaria no puede ser sinónimo de ineficiencia blindada e impunidad sindical. Una universidad seria habría realizado una auditoría externa implacable de la estructura de personal; redimensionado plazas y prestaciones insostenibles; buscado ingresos propios mediante convenios serios con el sector productivo, cursos de alto valor, investigación aplicada y rendición de cuentas transparente; y enfrentado frontalmente los cacicazgos que parasitan el presupuesto.
En cambio, seguimos en el ritual anual de la rectora peregrina: pedir, justificar, prometer diálogo y esperar que caiga dinero del cielo (o de las arcas públicas). Mientras los verdaderos dueños del poder interno —sindicatos intocables y grupos de interés— mantienen sus privilegios intactos.
La UAEM merece mucho más que esta mediocridad institucional. Merece una rectoría que deje de mendigar y empiece a gobernar con mano firme, imaginación y cero tolerancia a los feudos. Mientras no ocurra, el déficit no será solo financiero: será, sobre todo, moral y de liderazgo. Los morelenses y los universitarios honestos ya estamos hartos de subsidiar con sus impuestos esta tragicomedia recurrente.
