LA VÍCTIMA HEROICA Y EL PUEBLO TRAICIONADO: LA NARRATIVA DE LOS GOBIERNOS POPULISTAS
LA CRÓNICA DE MORELOS
Jueves 30 de abril de 2026
E D I T O R I A L
Cuando los opositores arremeten contra un líder, un ministro o un aliado de un gobierno populista, la primera reacción es casi siempre la misma: convertir la crítica en prueba de persecución. En lugar de responder con argumentos o datos, se activa el mecanismo de victimización colectiva.
El señalado pasa de ser un funcionario cuestionado a convertirse en mártir del sistema, y cualquier evidencia en su contra se descalifica automáticamente como parte de una “cacería de brujas” orquestada por los enemigos del pueblo.
La segunda movida consiste en invertir los roles. Los acusadores son presentados como los verdaderos corruptos, golpistas o vendepatrias. Se despliega entonces una campaña mediática y en redes donde se repite hasta el cansancio que “ellos” (la oposición, los jueces independientes, la prensa crítica, las ONG) están desesperados porque “nosotros” estamos transformando el país. La corrupción, los abusos o los errores propios se minimizan o desaparecen del relato.
La narrativa favorita de estos gobiernos es siempre la misma: “el pueblo contra las élites”. No importa si el funcionario criticado vive en lujos, tiene familiares enriquecidos o ha cometido errores garrafales. La historia que vende es que atacarlo a él es atacar al pueblo que lo eligió. Esa dicotomía simplista —pueblo puro versus élites perversas— permite justificar casi cualquier cosa y mantener la lealtad emocional de la base.
Al final, el objetivo no es aclarar los hechos ni corregir rumbos, sino profundizar la polarización. Mientras más fuerte sea el ataque opositor, más útil resulta para el relato populista: alimenta el sentimiento de asedio y refuerza la idea de que solo el líder carismático puede proteger al pueblo de sus “enemigos”. Es una estrategia vieja, pero que sigue funcionando porque apela más al corazón que a la razón.
