Morelos reduce la pobreza laboral, pero el empleo precario sigue mandando
Morelos consiguió uno de los resultados económicos más favorables del país durante el segundo trimestre de 2026: la pobreza laboral disminuyó 11.7 puntos porcentuales respecto al mismo periodo del año anterior, la reducción más pronunciada entre las entidades federativas. El indicador representa una mejoría importante porque mide el porcentaje de población cuyo ingreso proveniente del trabajo resulta insuficiente para adquirir la canasta alimentaria.
Sin embargo, el dato positivo tiene un contrapunto que obliga a mirar con mayor profundidad las condiciones del mercado laboral morelense. El 67.2 por ciento de la población ocupada trabaja en la informalidad, proporción considerablemente superior al promedio nacional. En otras palabras, una parte importante de los morelenses obtiene hoy ingresos suficientes para superar el umbral de pobreza laboral, pero continúa trabajando sin las condiciones de estabilidad y protección asociadas al empleo formal.
La contradicción es sólo aparente. Una persona puede incrementar sus ingresos y dejar estadísticamente la pobreza laboral mientras continúa sin seguridad social, contrato estable, prestaciones, ahorro para el retiro o certidumbre sobre la permanencia de su fuente de trabajo. De ahí que la reducción de la pobreza laboral sea una buena noticia que debe reconocerse, pero no necesariamente significa que Morelos haya resuelto la precariedad de su mercado de trabajo.
Otro indicador refuerza esa lectura: 43.9 por ciento de los trabajadores morelenses se encuentra en condiciones críticas de ocupación, relacionadas con bajos ingresos y jornadas laborales insuficientes o excesivas. El reto económico del estado, por lo tanto, ya no consiste solamente en generar ocupación, sino en crear empleos formales, productivos y mejor remunerados que permitan a las familias construir patrimonio y tener acceso efectivo a prestaciones y seguridad social.
Morelos tiene motivos para reconocer el avance conseguido en materia de pobreza laboral, pero todavía no para echar las campanas al vuelo. La siguiente prueba será comprobar si esa mejoría puede sostenerse y, sobre todo, acompañarse de una disminución significativa de la informalidad. Porque una economía verdaderamente saludable no debería medirse únicamente por cuántas personas trabajan o superan determinada línea estadística, sino por cuántas pueden vivir dignamente de su trabajo y mirar el futuro con alguna certidumbre.
