OMISIÓN MUNICIPAL: LAS CALLES QUE NOS ROBARON MIENTRAS FUNCIONARIOS DE CUERNAVACA SE LAVAN LAS MANOS
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 31 de julio de 2026
El espacio público no es un adorno urbano ni un territorio en disputa entre vendedores y peatones: es el suelo común donde la ciudad respira, se encuentra y se reconoce. En Cuernavaca, ese bien colectivo —aceras, banquetas, camellones, frentes de hospitales y centros comerciales— lleva lustros secuestrado por el comercio ambulante y semifijo que se ha desbordado hacia casi todas las colonias.
Lo que antes era tránsito libre, ahora es un laberinto de lonas, puestos fijos improvisados y mercancía que obliga al ciudadano a caminar entre el arroyo vehicular. Perdimos las calles no por un fenómeno espontáneo, sino por la lenta y deliberada renuncia de quienes debían defenderlas.
Oscar Cano Mondragón, secretario general del Ayuntamiento, acaba de admitir lo que cualquier cuernavacense ve a diario: el ambulantaje creció por la crisis económica, se extendió más allá del Centro Histórico y concentra focos rojos frente al IMSS de Plan de Ayala, el Hospital Parres y los exteriores de los centros comerciales. Su diagnóstico es correcto; su remedio, vacío. Hablar de “voluntad” para reordenar mientras la dependencia a su cargo es precisamente la encargada de regular, permisar y sancionar, no es más que una confesión de impotencia o, peor, de omisión calculada.
Esa omisión no es un accidente individual. Parece contagio directo del estilo del alcalde José Luis Uriostegui Salgado, quien convirtió el lavado de manos en método de gobierno cada vez que se le confronta con las crisis irresueltas de la capital. Cuando el primer edil esquiva, minimiza o delega hacia el infinito, el mensaje llega claro a su gabinete: no hay costo político por no actuar.
Así, la regulación del comercio informal se diluye en reuniones eternas, diálogos estériles y promesas que nunca se traducen en retiros efectivos ni en recuperación tangible del espacio público.
En ese panorama de simulación destaca, por contraste, el secretario de Obras Públicas, Demetrio Chavira de la Torre. Mientras otros prefieren la comodidad de la omisión, él ha optado por ejecutar, intervenir y mostrar resultados visibles en la infraestructura de la ciudad. Su trabajo no es perfecto ni resuelve de un plumazo el desorden callejero, pero al menos demuestra que sí es posible desquitar el sueldo que pagan los contribuyentes sin esconderse detrás de excusas económicas o de la “complejidad” del problema.
La omisión es el verdadero virus que corroe a Cuernavaca. No es falta de recursos, ni de diagnóstico, ni de atribuciones legales: es la decisión reiterada de no ejercer el poder que la ley otorga para recuperar lo que es de todos. Mientras Cano Mondragón admite el descontrol y Uriostegui sigue lavándose las manos, las calles siguen siendo de nadie… o, peor, de quienes las ocupan impunemente. Recuperar el espacio público no requiere más voluntad retórica; exige terminar con la omisión que nos ha dejado sin ciudad.
