“PRESIDENTE” PARA SIEMPRE: CORTESÍA, SÍMBOLO Y LA 4T
ANÁLISIS
Por Regina M. Cinta Becerril
Martes 18 de agosto de 2026
Llamar “Presidente” a Andrés Manuel López Obrador después del 30 de septiembre de 2024 no viola la Constitución ni ninguna ley mexicana. El artículo 80 deposita el Poder Ejecutivo en un solo individuo —hoy Claudia Sheinbaum—, y el 83 prohíbe la reelección de quien ya ocupó el cargo. El título honorífico es una costumbre de cortesía, igual que en otras democracias, y no confiere facultades ni altera la sucesión institucional.
Desde la óptica de los simpatizantes de la Cuarta Transformación, sin embargo, el uso del término trasciende la mera formalidad. Para ellos, AMLO no es solo un expresidente: es el fundador del movimiento, el líder que “devolvió la dignidad al pueblo” y el referente moral de un proyecto histórico. Mantener el título es un gesto de lealtad y reconocimiento, no una pretensión de poder paralelo.
Ese gesto recuerda un precedente elocuente. En la Casa de Gobierno de Morelos, el gobernador Lauro Ortega Martínez (1982-1988) colocó en su oficina dos fotografías: una de Miguel de la Madrid Hurtado, el presidente en funciones portando la Banda Presidencial, y otra de José López Portillo, su antecesor, a quien debía la postulación como candidato en Morelos. Aquella doble imagen simbolizaba la dualidad entre el poder presente y la deuda de lealtad hacia quien abrió el camino.
Algo similar ocurre hoy con el título de “Presidente” aplicado a López Obrador: se reconoce a la titular actual, pero se honra al origen del proyecto.
Funciona, por tanto, como recurso simbólico e ideológico. Refuerza la narrativa de continuidad —el “segundo piso” de la transformación— y marca una identidad colectiva frente a lo que consideran el “viejo régimen”.
Frases como “es un honor estar con Obrador” o “mi presidente” no niegan a Sheinbaum; celebran el origen del cambio y la cohesión del movimiento.
No se trata, en estricto sentido, de un cálculo partidista estrecho. Aunque fortalece a Morena, los simpatizantes lo enmarcan en valores más amplios: honestidad, justicia social y “primero los pobres”. Es una forma de afirmar que la 4T es un proceso de largo aliento que no depende de una sola persona, pero sí honra a quien la inició.
Los críticos ven en esa práctica una señal de subordinación o de que el expresidente “sigue mandando”. Desde dentro de la 4T se rechaza esa lectura: se insiste en que López Obrador se retiró a la vida privada y que el proyecto avanza con la actual titular del Ejecutivo. El título, dicen, es afecto popular, no injerencia.
En una democracia madura, las palabras y los símbolos cargan significados que van más allá de la norma jurídica. Llamar “Presidente” a un expresidente —como exhibir las dos fotografías en Morelos— puede ser inocuo o poderoso según el contexto.
Al final, la discusión no debería centrarse en prohibir un título de cortesía, sino en fortalecer las instituciones para que ningún símbolo, por legítimo que sea el afecto que lo sostiene, opaque la claridad de quién gobierna y quién ya no lo hace.
