Cuernavaca, última en la lista: el costo de no ser ciudad competitiva
En un país donde las ciudades compiten ferozmente por talento e inversión, Cuernavaca debería brillar.
Con su clima envidiable, su cercanía a la capital del país, su rica historia y un potencial turístico y educativo innegable, la otrora Ciudad de la Eterna Primavera tiene todos los ingredientes para ser un polo de desarrollo.
Sin embargo, la realidad que revelan los indicadores más confiables del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) es otra: la zona metropolitana ocupa el último lugar entre las ciudades de más de un millón de habitantes en el Índice de Competitividad Urbana 2026, mientras que Morelos se sitúa en el puesto 27 de 32 entidades en el Índice de Competitividad Estatal 2025.
Es un rezago que duele, porque no se trata de falta de potencial, sino de oportunidades desperdiciadas.
La competitividad no es un concepto abstracto. Se mide en la capacidad real de una ciudad para generar, atraer y retener talento e inversión a través de seis pilares fundamentales: innovación y economía, infraestructura, mercado laboral, sociedad y medio ambiente, derecho y gobernanza.
En estos rubros, Cuernavaca muestra debilidades estructurales preocupantes. Su productividad laboral es baja, la informalidad elevada, la diversificación económica limitada y la percepción de corrupción alta. Peor aún, los indicadores de seguridad —homicidios, robos y, sobre todo, la sensación de inseguridad entre los habitantes— la colocan en posiciones rezagadas que disuaden a inversionistas y profesionales calificados.
Mientras ciudades como Querétaro, Saltillo o Mérida combinan empleo formal de calidad, entornos seguros y gobiernos locales eficientes, Cuernavaca arrastra un círculo vicioso donde la violencia y la informalidad ahuyentan el crecimiento que podría romperlo.
Este desempeño no es casual ni inevitable. Morelos ha caído once posiciones en competitividad estatal en apenas seis años. La inseguridad se ha convertido en el principal freno, seguida de una economía poco diversificada, salarios poco atractivos y una gobernanza que no logra transmitir confianza.
Es paradójico: una entidad con ubicación estratégica, universidades y vocación turística se vea superada por urbes que, sin sus ventajas naturales, han apostado por formalidad laboral, innovación y certeza jurídica. El resultado es visible: fuga de talento, inversión que prefiere otros destinos y un bienestar que crece más lento de lo que podría.
No obstante, el diagnóstico también ofrece esperanza. Cuernavaca tiene activos valiosos que solo esperan ser capitalizados: su capital humano, su clima que atrae nómadas digitales y jubilados, y la posibilidad de convertirse en un punto estratégico de servicios de alto valor cerca de la Ciudad de México.
Para revertir la tendencia se requieren decisiones audaces: reforzar la seguridad con estrategias integrales que vayan más allá de operativos, impulsar la formalización laboral mediante incentivos reales a la inversión productiva, reducir la percepción de corrupción con transparencia y fortalecer la coordinación metropolitana para planear un crecimiento ordenado.
No basta con atraer turismo de fin de semana; se necesita construir una economía resiliente que genere empleos dignos y retenga a sus jóvenes.
Cuernavaca no está condenada a ser la última de la lista. Pero el tiempo apremia. Si sus autoridades y su sociedad civil no asumen con urgencia esta llamada de atención de los rankings nacionales, el paraíso seguirá siendo solo un recuerdo nostálgico en lugar de un motor de prosperidad.
La Eterna Primavera merece florecer de verdad, no solo en postales, sino en oportunidades concretas para quienes la habitan. El momento de actuar es ahora. El colmo de los colmos es que, frente a la realidad ya descrita, Cuernavaca lleva décadas soportando administraciones municipales corruptas. La actual no es la excepción, sino la confirmación.
