Las barrancas de Morelos: décadas convertidas en cloacas a cielo abierto que amenazan la salud pública y la agricultura
Durante décadas, vecinos, ambientalistas y autoridades han constatado una realidad que sigue sin resolverse de fondo: la totalidad de las barrancas y afluentes naturales de Morelos funcionan como cloacas abiertas.
Las descargas municipales de aguas negras sin tratamiento adecuado —o con tratamiento deficiente— llegan directamente a estos cauces naturales, arrastrando heces fecales, residuos domésticos, basura y una carga elevada de patógenos. Pararse en las orillas de estas barrancas sigue siendo una confirmación visual, olfativa y sensorial de la contaminación fecal.
Esta no es una percepción aislada ni antigua. Reportes recientes de 2025 y 2026 confirman que el problema persiste y se agrava con el crecimiento urbano desordenado y los asentamientos irregulares.
La evidencia actual en Cuernavaca y el resto del estado
En Cuernavaca, una de las ciudades con mayor número de barrancas del país (alrededor de 290), las autoridades municipales detectaron en 2025 más de 120 descargas ilegales por kilómetro que contaminan al menos 60 barrancas. Las más afectadas son Sacatierra, Puente Blanco y Chapultepec.
Esas descargas provienen principalmente de viviendas sin conexión al drenaje público, construcciones irregulares y colonias que vierten aguas negras directamente a los cauces.
La Comisión Estatal del Agua (Ceagua) ha advertido que alrededor del 80 por ciento del agua utilizada en Morelos se vierte sin tratamiento. Muchas de las más de 100 plantas de tratamiento existentes operan con bajo rendimiento (alrededor del 50 por ciento no rinden adecuadamente), y varios municipios carecen por completo de infraestructura de saneamiento en sus cabeceras (como Puente de Ixtla).
Ríos como el Apatlaco —uno de los más contaminados del país— reciben cientos de descargas directas e indirectas a través de barrancas. El problema se repite en Cuautla, Jiutepec, Yautepec y otras zonas. Las barrancas, que deberían ser corredores ecológicos y reguladores del microclima, se han convertido en tiraderos de basura, cloacas anaerobias y focos de coliformes fecales.
Patógenos y riesgos sanitarios evidentes
Las aguas negras transportan una carga típica de contaminación fecal: bacterias coliformes fecales (indicadores directos de heces humanas y animales), Escherichia coli, Salmonella, Shigella, estreptococos fecales, Pseudomonas, virus entéricos y parásitos como Giardia, Cryptosporidium y helmintos (Ascaris lumbricoides, Trichuris trichiura, entre otros).
Acercarse a estas barrancas expone a olores nauseabundos, proliferación de vectores (mosquitos) y riesgo directo de contacto con patógenos. En estiaje el problema se concentra; en lluvias se dispersa y causa inundaciones con aguas contaminadas.
El riesgo en la agricultura: hortalizas regadas con aguas residuales
En cuencas como la del río Apatlaco, aguas provenientes de descargas urbanas (incluyendo las que pasan por barrancas) se han utilizado históricamente para riego agrícola. Estudios realizados en Morelos han documentado que el agua residual usada para regar cebolla y otras hortalizas presenta niveles muy elevados de coliformes fecales, E. coli, Salmonella y huevos de helmintos en el suelo y en los bulbos/cultivos.
Aunque las normas mexicanas regulan estrictamente el uso de aguas residuales para riego —especialmente en cultivos de consumo en crudo—, la práctica persiste en algunas áreas por falta de alternativas o control efectivo. Los patógenos pueden adherirse a las hojas y superficies de las verduras. Lavarlas con agua corriente reduce parcialmente el riesgo, pero no lo elimina por completo en el caso de ciertos parásitos resistentes.
Respecto a Cyclospora cayetanensis: brotes documentados en Estados Unidos se han asociado principalmente a cilantro y otras hierbas frescas de Puebla, donde se detectó contaminación fecal en campos y empaques. El mecanismo es fecal-oral a través de agua de riego o manipulación contaminada. En Morelos, donde existe alta contaminación fecal en barrancas y ríos usados para riego, no se puede descartar un riesgo similar para hortalizas locales. Otros males incluyen diarreas infecciosas, parasitosis intestinales y riesgos mayores para niños, ancianos y personas inmunodeprimidas.
Décadas de inacción: nada sustancial ha cambiado
Reportajes y declaraciones oficiales de los últimos años coinciden en el mismo diagnóstico: poco o nada ha cambiado de fondo. Se han construido algunos colectores (por ejemplo, en barrancas como Amanalco) y desviado millones de litros diarios hacia plantas de tratamiento, pero la cobertura sigue siendo insuficiente, muchas plantas operan mal o están abandonadas, y las descargas clandestinas continúan. El crecimiento desordenado de la mancha urbana y la debilidad en la fiscalización perpetúan el ciclo.
Consecuencias
Salud pública: Riesgo constante de enfermedades gastrointestinales y parasitarias.
Ambiental: Degradación irreversible de ecosistemas, pérdida de biodiversidad, contaminación de suelos y posibles impactos en acuíferos.
Económica: Afectación a la imagen turística de Morelos, riesgos para la agricultura y costos sanitarios para la población.
Social: Desigualdad, pues las comunidades más pobres suelen vivir más cerca de estas cloacas a cielo abierto.
Esta es una crisis de gobernanza y responsabilidad compartida. Las autoridades tienen la obligación de priorizar el saneamiento integral: rehabilitar y operar eficientemente todas las plantas de tratamiento, expandir colectores, sancionar descargas ilegales, regular asentamientos y promover el reúso seguro de aguas tratadas.
La ciudadanía también debe asumir su rol: no arrojar basura ni conectar drenajes clandestinos, denunciar y exigir rendición de cuentas.
Mientras tanto, las barrancas siguen siendo cloacas y el riesgo para quienes consumen hortalizas locales regadas con estas aguas no desaparece. Es hora de que esta realidad deje de ser “la misma de siempre”. Morelos merece barrancas vivas, no cloacas a cielo abierto.
