EL PUÑO DEL PODER: LA BRUTALIDAD QUE DESNUDA AL EXDIRECTOR DE PEMEX
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 29 de junio de 2026
Víctor Rodríguez Padilla, hasta hace poco al frente de Pemex, fue captado en video golpeando salvajemente a su esposa, María Felicia Jiménez. No se trata de un arrebato aislado ni de un “problema de pareja” privado: es la demostración cruda de que el machismo más primitivo no distingue entre laboratorio y escritorio de poder.
Un hombre que manejó una de las empresas más estratégicas del país, que presumía de intelecto y responsabilidad pública, se rebaja a usar los puños contra la mujer con la que comparte techo y familia. La excusa de los celos o mensajes anónimos solo revela lo patético: quien no controla sus impulsos tampoco merece controlar recursos nacionales.
Lo más indignante es la normalización inicial y la tibia respuesta institucional. Que un funcionario de ese nivel necesite ser expuesto públicamente para que la Fiscalía de Morelos abra una carpeta por violencia de género habla de cuán arraigada está la protección entre pares.
Rodríguez Padilla ya pidió “discreción” y se separó de cargos para “enfrentar como ciudadano” las acusaciones. Qué conveniente: cuando el poder ampara, la violencia es asunto privado; cuando el video circula, de repente se vuelve ciudadano común. La esposa, en cambio, tuvo que jugarse la vida y la reputación para que alguien la escuchara. Eso no es justicia, es lotería mediática.
Esta agresión no solo humilla a la víctima; humilla a México. Representa la brecha abismal entre el discurso progresista de cuotas y paridad que se vende desde el gobierno y la realidad cavernícola que pervive en muchos de sus cuadros.
No basta con condenar “en lo personal” ni ofrecer “apoyo”. Hace falta que las instituciones actúen con la misma ferocidad con la que este señor golpeaba. Cero impunidad, cero atenuantes por “logros académicos” o “servicio público”. La violencia machista es incompatible con cualquier cargo de responsabilidad.
Mientras María Felicia Jiménez teme por su integridad y la de sus hijos, el exdirector invoca discreción. Que la sociedad no se la conceda. Que este caso sirva para recordar que el verdadero carácter de un hombre —y de una nación— se mide en lo que hace cuando cree que nadie lo ve. Hoy, gracias al valor de una mujer, todos vimos. Y no debemos olvidar.
